Los faros de la espera

by Yasmín

por Luis Basave

La semana pasada anoté una frase que el escritor colombiano Giuseppe Caputo nos refirió a quienes lo escuchábamos con embelesamiento: la espera no tiene faros. La frase surgía tras hablar de esos personajes que se incorporan en lo que Bajtín conceptualizara como Tiempo vacío de la narración, ese lapso que parece no modificar nada en los personajes dentro y fuera de la diégesis, ese tiempo que puede leerse como lento, inmóvil, desesperanzador. Hablamos del Coronel y su cheque, el de García Márquez; o de las situaciones que han transformado a ciertos personajes kafkianos frente a la inercia burocrática; o aquellos dos conocidísimos, Didi y Gogo, los de Godot. Entes de cara a un arribo que nunca acaece. Y –mimesis oblige– terminé pensando en tantas personas y situaciones que conozco y me conocen.

Hace bastante tiempo que dejé de esperar ciertos eventos: una inauguración, una película, un libro, un amor. A esta edad y en estas circunstancias, uno ya no tiene tiempo para sentarse a aguardar que pasen cosas. Lo digo, consciente de que suene descarnado y capitalista; también porque soy muy Aries. Muchas cosas pasan en lo que yo hago otras. A esta edad, me gusta más así.

Cuando, apenas entrada la segunda mitad de agosto, sonó Matadora, la nueva canción de Karol G, un primo y yo convinimos de inmediato en que no cimbró casi nada en nuestros perreadores huesos y que pudo haber sido un sencillo cualquiera. Es más, unos días antes, me había sorprendido que la para mí aún Tropicoqueta estuviera por sacar nuevo álbum, pues justamente Tropicoqueta, el disco anterior, me sigue pareciendo reciente y explotable, aunque creo que es el que menos resonancia ha tenido (lo digo con toda la relatividad que conlleva el disco de una artista que vende millones de entradas y cuyas canciones se oyen y se descargan –¿se sigue descargando música?– a raudales).

Tropicoqueta me gustó mucho por esa nostalgia musical con que la Bichota –hoy Matadora– le da cuerpo a ciertas canciones. Y me gusta más porque, como la misma Karol G lo ha sostenido, se nota que la colombiana viene de barrio medio-bajero, como el que aquí remite. ¿Quién insistiría con tremendo ahínco en rendir homenaje musical a Selena; siempre viva, eterna? ¿A quién le haría ilusión cantar con Marco Antonio Solís una melodía desgarrada y tierna a la vez, muy al estilo del Buki? ¿Quién no se regodea al ritmo de El otro día un gatito me llamó cuyo beat nos teletransporta al cronotopo de las tardeadas y su imprescindible gato volador, pero ahora con un pedagógico mensaje sobre el acoso y el alcance que tiene la agencia de aquel/la que dice no? ¿Quién se pone un traje de charra –en femenino– y le profiere reclamos a ese hombre que es malo, es desleal, es atrevido porque quiere estar con dos con tres pero también conmigo? ¿Quién, pero quién abre el álbum con una Thalía rebosante y quizá medio entrada en copas con Piel morena de fondo diciéndole a la Karol G mujer-famosa o más bien a la adolescente-común-y-corriente que, después de todo el recorrido, ahora es una estrella? Rompiendo en lo que se espera [aunque eso] a muchos les desespera.

Rescatemos con mayor cabalidad ese coqueto telón musical del álbum. Nuestra protagonista favorita de las telenovelas de todos los tiempos –que ha tenido el contrato más exclusivo de Televisa de todos los tiempos: en esta casa somos cultos y les rendimos culto a las Diosas– le dice a Karol G en un visualizer que proyecta a la mentora como mujer-maraca y a la aprendiz como mujer-guitarra: Pasaste de ser la Bebecita, a la Bichota y, ahora, a la Tro-Pi-Co-Queta para, acto seguido, confirmar con un agudísimo sonido gutural la complicidad y el éxito. Carolina, con Tropicoqueta –como se dice en el mundo lusófono– mató las saudades.

Ahora con este nuevo álbum que, como su título lo revela, no se arrepiente de sentir tanto. Pero bueno, parece que este texto pretenda ser una sinopsis del nuevo disco. No lo será. Es que cuando hablo de la Karol G, me emociono. Que quien me lea me dispense, me entienda y me dé un apapacho virtual. A lo que quiero llegar por ahora con estas líneas es una cosa que tiene que ver con el tiempo, la nostalgia y la espera. ¿De qué forma? Pues así:

A estas alturas, ya todo mundo se percató de que la canción que está batiendo récords mundiales de audiencia no es Matadora sino Bby WOW. Ni ahondaré en la canción ni me pondré a explicar lo que ya se ha dicho: para eso están los tiktokers y las revistas de Eres o Tú que hoy, mutatis mutandis, tienen formato de publicaciones de Instagram. Lo único que sí atinaré a decir, en comunión con todo lo que circula en las mencionadas plataformas, es que nos encantan esos ritmos de inicios de siglo no solo a quienes nacimos en la(s) última(s) década(s) del anterior, sino a quienes no pueden ni quieren jactarse de pertenecer a ambos milenios. Yo, en lo personal, sigo escuchando esa canción de Move Ya Body que unas gemelas –desde hace años volatilizadas de la escena del pop– cantaban por ahí del 2003. Época en la que, para mí, el transcurrir de los meses iba acompasado de los singles que iban sacando las bandas y cantantes que me gustaban. Época en la que iba esperando a que saliera el nuevo videoclip del nuevo sencillo de tal o cual artista, o que aguardaba en la radio, en MTV o Telehit a que pasaran la canción de moda. Época en que para mí los clásicos del momento ya son harina del mismo costal de las novedades musicales que impaciente esperaba a que transmitieran.

Si estuviéramos en el 2004, estaría apostando que Bby Wow sería el tercer o cuarto sencillo en salir del álbum, en presentarse a nivel planetario, en gozar de un videoclip (el segundo, a mi juicio, sería Ahí porque es a dueto con Drake, o la aburrición esa de Still con Bruno Mars, título cuya traducción no es “todavía” sino, justamente, “inerte”. ¡Qué pereza de canción!). Sorry por el kilométrico paréntesis: ya había advertido que cuando hablo de la Karol, no hay quien pare mi Makinón. Decía que si estuviéramos en donde estábamos hace 22 años, le diría a todo el mundo que Bby Wow se convertiría en un hit y accionaría el vigor del álbum. Pero ya pasaron dos décadas y, como era de esperarse, hartas cosas han cambiado. Ya nadie vende CDs, ni imprime las letras de las canciones, ni escucha la radio, ni vota en las 10+ pedidos. Hay incluso quienes ya no escuchan canciones completas.

Ya nadie espera nada: ya todo mundo parece estar haciendo cosas. Bby Wow ha sido la revelación musical sorpresa, inesperada. En el instante en que escribo este intento de líneas bellakeras –inicios de septiembre–, Bby WOW encabeza las listas mundiales de música pop. Judeline ya salió a decir que ella en su vida se hubiera imaginado –habría esperado– ser parte de ese logro. El mensaje es claro: tal vez la misma Karol esperaba mayor resonancia con los duetos gringos que con los españoles; pero, como dicen por ahí, la vida es una sucesión de eventos inesperados.

Hace dos semanas fui a la zona universitaria de la que, veinte años atrás, se convirtiera en mi Alma Mater. En lo que hacía fila para comer entre los seguramente recién ingresados o, si no, licenciados en ciernes, me camuflaba con ellos, silente y atento a lo que decían y cómo se comportaban. Quienes me conocen saben que mi corporalidad me permite (aún) hacerme pasar por un universitario más –cosa que soy, solo que uno que inició su vida académica en 2006 y no con el sexenio de Sheinbaum–. Perdón, desandaré mis pasos que ya me volví a descarrilar, hablaba de los universitarios jóvenes: de estos –chicos que, teniendo en cuenta las facultades adyacentes, estudiaban ingeniería o derecho–, me sorprendió lo felices que se les veía cantando y contorneándose al ritmo de Suena tu canción y tú no estás aquí a mi lao… Bby Wow, me gustas demasiao, con un Coolie Dance Riddim que escuchábamos todos en nuestras cabezas (digo todos porque tanto los observados como el observador nos movemos en las arenas movedizas de la masculinidad). Los chicos estaban eufóricos –y no exagero– y yo pensé en cuánto nos gustaban, a quienes perreamos en la primera década de los 2000, las canciones de Sean Paul o de Pitbull. ¡Cuánta saudade!

Ya me alargué más de lo esperado (y lástima que el español no se preste tan orgánicamente para hacer el juego de palabras que sí existe en inglés, francés o italiano: hoped-expected, attendu-espéré, aspettato-sperato). Esperar puede tener virajes que se dan a la luz de ciertos faros inesperados pero que –esto hemos de esperarlo siempre– reubican nuestra existencia, nuestras esperanzas. Decía yo que en la vida ya dejé de esperar cosas, pero no en un sentido que pueda leerse con fatalismo o zozobra –con desesperanza o desesperación– sino más bien por todo lo contrario. No me arrepiento, parafraseando a Karol G, de querer ser tan optimista, precisamente porque en la espera de las sorpresas del existir pueda seguir diciéndole a este: ¡Bby, Wow, esto sí que no me lo esperaba!


Luis Basave

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