Texturas de algodón

by Itzel Cabrera

Itzel Cabrera

En la conversación pública sobre la violencia familiar, cada vez más volcada hacia el diagnóstico rápido, se suele colocar a la víctima como un ser inmune, despojado de sombras y reducido a la sola condición de ser “sólo” quién ha recibido el daño. Rara vez se tiene la honestidad de nombrar lo que ocurre en toda esa trama, aquello que autoras como Rita Segato han denominado “pedagogía de la crueldad”, pues la violencia no sólo “se recibe”, también, de alguna forma, se aprende y se reapropia.  En nuestro mundo social, nada ocurre solo en una dirección, ningún signo “sólo se recibe”.

Cuando vives la violencia de un padre o una madre que podríamos caracterizar como narcisista e incluso con rasgos sociópatas, como ha sido mi caso, por supuesto que experimentas como hija una serie de sentimientos de dolor y de culpa, de sentir que tú como niña algo debiste de hacer para que ese adulto decidiera descargar en ti todo su enojo e ira por el mundo. Creces con la premisa de que existes sólo para ser el cuenco que recibe las frustraciones y la crueldad. Eres, para alguien que vive en tus células, en tus facciones, en tus gestos, un reflejo de lo que odia de sí mismo. 

No hay justicia jurídica que repare ese daño. Y hay que sanarlo, a como dé lugar, no hay duda de eso. Pero una parte trascendental del proceso de sanar es saber que ser hija en un entorno de crueldad implica atravesar un doble duelo: primero, por la infancia sin posibilidad de refugio que irremediablemente has perdido; después (y esto es hoy lo más complejo para mí), por descubrir que la violencia con la que creciste, más que una aún herida abierta, es una lengua que aprendiste a hablar con fluidez. Esa relación con tu progenitor, en la forma que hayas decidido darle, de la manera que la nombres, forma parte de tu historia y el ser monstruoso que atisbas en tus propios reflejos cuando reaccionas desde el instinto de preservación o desde la réplica autómata del desprecio, no es otro, más que tu progenitor mostrándote, a su manera, que así es el mundo pero ahora tú pronunciándolo con tu propia voz. Sabes ahora de adulta, que el mundo no es para nada como él lo dibujó, sin embargo, eso no quita, que esos trazos ahí están, en tus primeras formas de experimentar dolor y consuelo, de hablarte y de hablarle a las demás personas. 

Las víctimas de padres violentos no sólo recibimos violencia, crecemos con ella; aprendemos a leerla para esquivarla, y en los casos más peligrosos, para confrontarla. Sabemos cómo surge, incluso si el sociópata de nuestro progenitor es impredecible. Poco a poco, con ayuda terapéutica identificamos que desarrollamos mecanismos de defensa, siempre alerta, y siempre deseosas de recibir afecto y empatía, de ser escuchadas. Pero llega un punto en el que es importantísimo mirarte de frente y asumir que el dolor padecido no ofrece una patente de coraza ni de impunidad. Sobre todo cuando miras a tu abuelo paterno y reconoces al mismo padre violento. Tú padre no pudo desdibujar esos trazos, que seguramente su abuelo y el abuelo de su abuelo también trazaron. Eres la continuación de una violencia que no nació de ti, pero te fue heredada como te fueron heredados tus pómulos y el hermoso color de tu piel, que tanto te gustan. Este paso, considero, es uno de los momentos de sanación más trascendentes para toda hija e hijo de ascendencia violenta: admitir que sabes cómo funciona una parte de esa violencia y cómo ha corrido por tus venas, y decidir con todas tus fuerzas y tu capacidad de trazar otras líneas, que no serás el conducto para que la crueldad continúe su cauce. 

Por eso, limitar en redes la conversación al señalamiento del abuso original o refugiarnos en una supuesta inmunidad por haber sufrido es quedarnos a mitad del camino. Esto lo he visto en casi todas las entrevistas virales que tratan el asunto: la narrativa dicotómica que reduce la condición humana de toda su complejidad en quiénes “sólo” ejercen y quiénes “sólo” reciben ¿esto realmente nos ayuda como sociedad? ¿No tenemos la responsabilidad las nuevas generaciones de avanzar más allá del reproche, y mirar los trazos heredados sin negar su existencia para construir un camino completamente distinto? 


Itzel Cabrera es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, maestra y doctora en Investigación Educativa por la Universidad Veracruzana. Es especialista en educación rural y ecofeminista. Sus temas de trabajo son los procesos educativos que ocurren en contextos rurales y las posibilidades de transformación social que favorecen el pensamiento y acción ecofeminista y la pedagogía para liberación social.

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