por Alejandra Gotóo
No sé exactamente cuándo dejamos de ser desconocidos.
¿Basta con aprender el nombre de alguien? ¿Conocer su historia? ¿Haber compartido una experiencia? ¿O es suficiente con reconocerse entre un grupo de personas?
Hace poco pasé una semana en el Istmo de Tehuantepec, la región de donde viene mi madre. Fui a presentar mi libro, El amor está en otra parte, aunque terminé participando de muchas otras cosas que no había imaginado cuando organicé el viaje.
Asistí a una fiesta istmeña. Llevé un traje de gala de terciopelo, de esos que había visto tantas veces en fotografías y que, sin embargo, nunca había aprendido a llevar. Vestirse no consistía solamente en ponerse las prendas. Había una manera de acomodarlas, de presentarse con ellas, de participar en una celebración cuyos códigos yo apenas comenzaba a conocer. Aprendí que la posición de las flores en la cabeza podía indicar si una mujer estaba casada o no. También me enseñaron de qué lado levantar la enagua para las fotografías, cómo moverme al bailar y cómo mostrar el fondo que llevaba debajo, en un gesto de coquetería.
Días después, durante mi primera presentación, llegaron doce mujeres vestidas con sus trajes tradicionales. Yo llevaba uno que me había prestado una prima. Algunas de aquellas mujeres eran prácticamente desconocidas para mí y, sin embargo, habían decidido acompañarme. Me sentí anonadada.
Auri fue una de ellas.
Lo que para ella era familiar, para mí requería atención. Había cosas que yo todavía no sabía hacer con el cuerpo. Me mostró cómo colocarme para las fotografías, cómo sostener la enagua y cómo adoptar ese porte istmeño que ella conocía tan bien y que yo apenas estaba aprendiendo.
Me gusta pensar en esa presentación porque no ocurrió nada extraordinario. Nadie hizo una confesión que nos cambiara la vida. No hubo una revelación sobre el pasado ni una promesa de amistad eterna. Compartimos risas, la lectura de algunos cuentos y comentarios sobre lo que para las asistentes reflejaba mi escritura.
Y, sin embargo, algo ocurrió.
Me enseñaron a habitar, aunque fuera por unas horas.
Durante esa semana comí en el mercado, asistí a una fiesta, compartí conversaciones y encontré mezcal incluso en las presentaciones literarias. Conocí personas de las que hoy sé muy poco. Algunas me dieron palabras positivas, otras me ofrecieron compañía y otras simplemente hicieron que el espacio que todavía estaba aprendiendo a recorrer se sintiera menos ajeno.
Hay una forma de intimidad que solemos asociar con el conocimiento profundo de alguien. Saber qué le preocupa, cómo fue su infancia, de quién está enamorado, a quién extraña. Como si la cercanía dependiera de la cantidad de información que acumulamos sobre otra persona.
Pero ¿qué ocurre con esas relaciones que apenas duran unas horas y, aun así, nos dejan algo?
Pienso también en los desconocidos de la vida cotidiana. Las personas que vemos todos los días sin saber cómo se llaman. Reconocemos sus rostros, sus horarios, incluso sus ausencias. Sabemos que algo cambió cuando dejan de aparecer, aunque nunca hayamos intercambiado más que un saludo. Pienso, por ejemplo, en un señor mayor que vendía dulces cerca de mi primer departamento. Todos los días lo veía rumbo a mi trabajo. Él estaba junto a un carrito de supermercado lleno de mercancía. Vendía dulces, papas, refrescos y Boings. Un día pasé y no estaba. Pensé que quizá había faltado. A los pocos días aparecieron flores en el lugar donde solía instalarse. Nunca supe quién las había puesto. Me pregunté si habría sido alguien de su familia o alguna otra desconocida, como yo, que también había notado su ausencia.
Nunca supe su nombre. Tampoco sé si él me reconocía entre las personas que pasaban todos los días frente a su carrito. Durante años formó parte de mi rutina sin saber que yo había hecho un pequeño espacio para él. Puede que eso también sea una forma de intimidad: la que construimos sin pedir permiso, sin intercambiar confidencias y, a veces, sin que la otra persona se entere.
Hay personas de las que sabemos muchas cosas y con quienes apenas compartimos algo. Y hay otras de las que ignoramos casi todo, pero recordamos cómo nos hicieron sentir, lo que nos enseñaron o, simplemente, el lugar que ocupaban en nuestros días.
A veces exigimos continuidad a los encuentros, como si solamente adquirieran importancia cuando producen algo duradero. Intercambiamos teléfonos, prometemos volver a vernos, decimos que seguiremos en contacto. Algunas veces sucede. Muchas otras, no.
En Oaxaca hubo personas que dejaron de ser desconocidas. Otras siguen siéndolo en muchos sentidos. No sé cómo transcurren sus días ni cuáles son sus preocupaciones. Tampoco sé si volveremos a coincidir. Y no quisiera inventar una cercanía que todavía no existe.
Lo que sí sé es que, durante aquella semana, compartimos algo que no necesitó demasiadas explicaciones.
Mi madre viene de esa región, pero la historia familiar no me convierte automáticamente en alguien que conoce todas sus formas de vida. Hay gestos, celebraciones y maneras de ocupar el espacio que se aprenden estando ahí, prestando atención a quienes los practican.
Y hubo personas dispuestas a enseñármelos.
Regresé con algunos nombres nuevos, fotografías, recuerdos de conversaciones y una forma distinta de pensar en las personas que encontramos brevemente.
Y comienzo a pensar que la intimidad no siempre consiste en conocer la vida de alguien. A veces consiste, simplemente, en que alguien nos haga un espacio dentro de la suya.
Alejandra Gotóo
